Memoria histórica

Una reflexión entre paréntesis

Investigando hace algunos días las páginas de Bomarzo de Manuel Mujica Lainez y algunas aproximaciones a esta inmensa obra (la ópera homónima con música de Ginastera ha sido interpretada en el Teatro Real de Madrid hace muy poco tiempo después de treinta años que no se hacía en Europa), leí un libro entrañable que poco tenía que ver con mi búsqueda, escrito por Alberto Manguel sobre Borges, en el que me topé con unos versos de Mujica que me encantaron. Decía: “A un joven escritor/ Inútil es que te forjes / la idea de progresar / porque aunque escribas la mar / antes lo habrá escrito Borges”. Como todos sabemos la profunda amistad de Mujica Lainez ( Manucho) con Borges fue proverbial y recíproca y alimentó una admiración mutua – con algún matiz de exhibicionismo- que mucho los alimentó. Otro ejemplo de esa capacidad de identificación de Manucho – como diría un psicoanalista de la vieja escuela- fue su barroquismo mágico del que Bomarzo es quintaesencia.

"Bomarzo".

“Bomarzo”.

Cuando volví a ver en cine la versión de La Traviata dirigida por Franco Zeffirelli con Plácido Domingo y Teresa Stratas – que ustedes recordarán, seguramente, como una de las grandes realizaciones cinematográficas- de las cosas que más admiré y más recuerdo es el tránsito demorado, minucioso, puntilloso, que el director italiano hace por los tapices o los brocados que se encuentran en la sala y en la habitación de Violeta y en los que se deleita con fascinante parsimonia, en forma singularmente evanescente, creando un espacio casi onírico en el que uno podría dejarse estar. Un estilo que aúna candelabros, luces, espejos, cristales, muebles, flores, cortinados, como si intentara captar en lo sensorial el ansia de vivir y la ambigüedad de la existencia.

Lo mismo me sucede con Bomarzo, porque el lector no sólo participa de vidas sino de sensaciones y percepciones (los colores de un tapiz, el tacto de seda o un brocado, el rumor de las telas, el sonido de los cascabeles o la declinación de un castillo) y con la misma intensidad las vivencias de los personajes y sus sentimientos, deseos, afectos, odios. Todo narrado (dibujado, diría yo) de una manera sobrecogedora, delicada y etérea, de delicado preciosismo y ambigua sexualidad, y aunque el film de Zeffirelli fue posterior a Manucho (ambos fueron expresión estética y realista de la homosexualidad, ambos hacen usos del color – en metáforas o imágenes- propios del romanticismo que recuerda a Ingres, ambos hacen del barroco su modo de expresión, ambos son espíritus exquisitos y conciencias desveladas) se identifican también en ese estilo refinado, culto, elaborado, bajo la rúbrica literaria o cinematográfica, que te ata al asiento, que te impide distraerte, porque es como escuchar música o como dejarte envolver en una magia estilista que retiene y asombra (…)

Texto escrito por Arnoldo Liberman.

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