Memoria histórica

Orson Welles y Franz Kafka, un nudo en la garganta

Hace pocos días tuve la oportunidad de volver a ver El proceso, el film de Orson Welles basado en la novela homónima de Franz Kafka. Mientras dedico las horas de mi vida a escribir un libro sobre el novelista praguense (que he titulado A tientas, hermano Kafka) quise volver a ver esa conmovedora versión de Welles para revivir antiguos estremecimientos que recordaba haber “padecido” en su primera visión y volver a admirar escenas de una belleza visual extraordinaria.

Sabía que Welles se había exilado en Europa después de fuertes desavenencias con los empresarios de Hollywood y que en este continente había trabajado en cualquier cosa y en cualquier papel, con tal de reunir fondos para filmar sus películas soñadas, para los múltiples proyectos que rondaban su pensamiento, desde poder finalizar con su Don Quijote —que había comenzado en 1955— hasta la inmediata preparación en España de Campanadas a medianoche (1962). Tras las intromisiones y cambios de los citados funcionarios americanos, que habían intervenido en Macbeth (1948), Otelo (1952), Mr Arkadin (1955) y Sed de mal (1958), Welles se había sentido prácticamente expulsado de EE UU y fue en esa época, rodando el Austerlitz de Abel Gance (1960), cuando conoció a los productores franceses y hermanos Alexander y Michael Salkind.

‘El ciudadano Kane’ (1942) le otorgó a Orson Welles una justificada fama.

‘El ciudadano Kane’ (1942) le otorgó a Orson Welles una justificada fama.

Fueron éstos los que lo apoyaron en su ambiciosa idea de filmar El Proceso, en el que le otorgaron amplia libertad y donde Welles pudo demostrar el perfil de su genio inigualable, cosa que ya había testimoniado con la filmación de El ciudadano Kane (1942) y que le había otorgado una justificada fama, además de aquella conocida versión radiofónica de La guerra de los mundos de Wells (creada a los 23 años) que había desatado una auténtica psicosis colectiva (incluidos suicidios) entre los radio-oyentes, convencidos de que se trataba de una retransmisión verdadera de una invasión extraterrestre.

El autor de este descalabro radial (quizá el más atemorizante de la historia), que puso en vilo a millones de personas, fue un niño prodigio. A los diez años era poeta, actor y dibujante. Su madre era una famosa pianista y quería que Orson fuera músico. “Cuando tenía tres años le regaló un violín, pero sus brazos eran demasiado pequeños y no podía tocar. Le di entonces una batuta de director de orquesta”, comenta Maurice Bernstein, amigo de la familia y su tutor cuando sus padres murieron.

Del film de Welles sobre Kafka, dijo Charles Chaplin: “Nunca el arte cinematográfico ha llegado tan lejos. Es su máxima expresión, su cumbre”. Welles hizo suyo el texto de Kafka –hay secuencias en el film que es difícil distinguir a uno de otro, donde la identificación es absoluta- y transformó la cotidiana vida de un funcionario banal (gerente de un banco) en la pesadilla más atroz que hubiera podido imaginar. (…)

Texto escrito por Arnoldo Liberman.

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