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La cordillera

En su primera película, El estudiante -que le convirtió, con 31 años, en la nueva promesa del cine argentino-, Santiago Mitre retrató, con una cámara impetuosa moviéndose libremente entre camas, barbacoas y aulas, una campaña electoral universitaria tan retorcida y maquiavélica como cualquiera de las que tienen lugar a diario en las sociedades democráticas. Tras Paulina, donde enfrentaba la ideología contra la moralidad a través de un personaje femenino que sufría una violación, ahora con La cordillera, su tercera y ambiciosa película, que participó en la sección Un Certain Regard del 70º Festival de Cannes, el también guionista de films de Trapero comoElefante blanco y Carancho, ha sumado aquellas dos temáticas previas para construir un fascinante título que empieza como una comedia negra, traspasa la crónica política y se zambulle finalmente en las ciénagas del terror psicológico, con El resplandor como consciente o inconsciente referente.

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Un falso plano secuencia inicia esta inmersión en las interioridades de la política, al estilo solemne de teleseries como El ala oeste de la Casa Blanca o House of Cards, o films de intención diametralmente opuesta como Crónicas diplomáticas , de Bertrand Tavernier. El espectador, como un humilde operario que va a arreglar algo en La Casa Rosada, se introduce así, por la puerta trasera, en suntuosas estancias que raramente podría visitar. Una vez dentro de ese gran parque temático del poder, conviene abrocharse los cinturones, pues, señoras y señores, llegan turbulencias.

Decir a estas alturas que Ricardo Darín es uno de los mejores actores del mundo (Ver páginas 16 a 19) puede sonar redundante, peroviéndole sostener sobre sus ojos gris azulado el andamiaje sinuoso de La cordillera, con una naturalidad tan apabullante, no deja de sorprender… una vez más. Él encarna al presidente argentino, reunido con varios colegas continentales en un aislado hotel chileno, en medio de las majestuosas montañas a las que nombra el título original. Esos políticos que se creen dioses son realmente hormigas –o escarabajos-, puntos negros diminutos en la blanca imponencia andina, cuando la cámara los inmortaliza: la idiosincrasia depredadora, egoísta y turbia de todos ellos va emergiendo según se sucede la reunión y, para más inri, el personaje de Darín tendrá que lidiar entremedias con sus propios –y muy complejos- conflictos personales (…)

Texto escrito por Alfonso Rivera (Cineuropa.org).

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