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‘Julieta’, carne apaleada

Un suicidio, una enferma de esclerosis múltiple, otra con demencia senil, un atropello y dos ahogamientos son algunos ejemplos de las numerosas y tremendas situaciones que suceden en Julieta , película número 20 de Pedro Almodóvar, uno de los mejores cineastas europeos de todos los tiempos. La lista anterior se refiere a aspectos físicos, porque si repasamos los psicológicos que padecen los personajes de este drama –supuestamente contenido– la enumeración se puede hacer inacabable: sospechas, incomunicación, incomprensión, desesperación, nihilismo, abatimiento… Almodóvar, tras aquella broma titulada Los amantes pasajeros , se ha despojado de humor y alegría, para vomitar –con una factura impecable y su inigualable estilo– su película más intensa, dolida y sádica hasta la fecha.

'Julieta', Pedro Almodóvar.

‘Julieta’, Pedro Almodóvar.

Aunque habíamos asistido asombrados y algo incrédulos a algunos de sus ejercicios de profundidad anteriores, en ellos siempre había espacio para el desvío divertido: basta recordar las escenas de la recientemente fallecida Chus Lampreave en La flor de mi secreto o, incluso, el disparate del tigre encarnado por Roberto Álamo en La piel que habito ; precisamente en esa película aparecía un libro de Alice Munro, la Nobel canadiense cuyos tres relatos ha adaptado Pedro de la Mancha en este film donde sobran subtramas (la del pueblo natal de la protagonista) como situaciones penosas, con la sombra de la tragedia sobrevolando todo el film.

¿Por qué hace sufrir tanto Almodóvar a su chica? ¿Por qué tanta saña, sintiendo el peso de la culpa de manera enfermiza y sadomasoquista? ¿Y por qué son tan estúpidos los dos personajes que más condicionan su viacrucis? Ciertamente, el director deTacones lejanos siempre ha construido universos donde todo era posible, pero aquí se le ha ido la mano con una tragedia honda y demoledora, de perpetuo nudo en la garganta y energía malsana, que Emma Suárez sobrelleva con elegante dignidad. Desde aquí no sólo reivindicamos su merecido Goya, sino incluso el Oscar: un rodaje así, donde al personaje ni siquiera se le permite gritar su congoja, debe haber sido un martirio (…)

Texto escrito por Alfonso Rivera.

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