Opinión

DIEGO

Ahora que estamos todos en san Sebastián asistiendo al Festival, vamos a dedicar un recuerdo a Diego Galán, compañero y amigo de tantos años, desaparecido, por desgracia, este año.

Lo que siempre llamó la atención de este cineasta de raza fue su distanciamiento personal, un poco tímido, de su pertenencia al cine. Jamás se le oyó decir frases trilladas como “Mi vida ha sido el cine” o “mi única vocación ha sido el cine”. Lo cual es curioso en una persona que fue desde muy joven, crítico, periodista, escritor y realizador.

Si uno lee sus libros, el de Pilar Miró y el de la ausencia de Jack Lemmon, da la impresión de que el narrador es alguien de fuera que cuenta una peripecia, uno de cuyos personajes se llama Diego Galán. Si habla de actores o actrices famosas lo hace sin sombra de reverencia hacia su profesión, como es frecuente en otros escritores de cine. Su relato es tan humano y sencillo como si hablara de su vecino o su familia.

En el fondo sí que le dolían los desmanes contra su amor secreto, el cine. Ya es famosa la anécdota de cuando dejó de ser crítico en la revista Triunfo en protesta por la incomprensión de sus colegas italianos, por una película de Bertolucci. Y le dolió mucho la época oscura del Festival de Donostia cuando estuvo tan bajo mínimos que hubiera podido desaparecer.

Siendo Director del festival, hablaba como un espectador común: “¿Vienes a ver una bonita película?”, preguntaba. Y jamás nadie le oyó alardear de estar varios años al frente del primer Festival de España. Lo consideraba un trabajo y lo hacía lo mejor posible, que era mucho.

Nunca fue un “divino” de tertulias o reuniones. Daba gusto comer con él o invitarle a una pequeña fiesta. Era seguro que hablaría de todo menos de sí mismo y su empeño.

Era, en este sentido, alguien muy peculiar y muy modesto a pesar de los éxitos obtenido en casi todo lo que hizo. Deja así la doble huella del trabajador eficiente y del individuo, a veces perezoso como todos nosotros, próximo y cordial. 

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